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Entre el periodismo y la cruz TAU

publicado en: Actualidad | 0

Editor de B&N, entre largos corredores, magistrales columnas y mucha meditación, descubrió su verdadera vocación por las letras, ahora nos revela su ajetreada vida en el periodismo. ¡Asi inicia su vida…

Arrodillado a los pies de la esbelta estatuilla de la Virgen de Fátima, el joven aspirante a sacerdote lloraba y procuraba acallar sus sollozos con las manos entrelazadas. Cerca de él, el Padre Carlos Fuertes fingía leer la Biblia, pero lo miraba discretamente en silencio. No sabía qué decirle, ni la manera para aminorar su congoja. Se levantaba entonces el Sacerdote y con una pequeña palmada en el hombro del chico de 17 años, salía de la Capilla, casi en puntillas. Era junio de 1987. En el Seminario Menor de los Padres Capuchinos, en Ibarra, se alojaban decenas de aspirantes a la vida sacerdotal que provenían de casi todas las provincias del Ecuador: los había de Manabí, El Oro, Loja, Carchi, Imbabura, Pichincha, Pastaza, Azuay, Cañar, etcétera.

En ese variopinto conglomerado de costumbres y dialectos, se destacaba un muchacho que sufría por su alicaída vocación ¿Qué sucedía en la atribulada mente del futuro bachiller en Ciencias Sociales? El motivo de su dolor era la pérdida acelerada de su fe espiritual, que se acentuó por causa de la desilusión, mientras su gusto por el Periodismo experimentaba un intenso despertar. Solo dos meses antes, el arribo de un larguirucho personaje a bordo de una motocicleta, ataviado con botas, jeans deshilachados un largo abrigo a tono, causó alboroto en el Seminario y en cada uno de los 52 aspirantes, mayores y menores.

Se tratataba de un Misionero Comboniano que estaba de paso; buscaba refugio, alimento caliente y compartir sus anécdotas con un auditorio dispuesto a las aventuras de religión y al sacrificio que demandaba aquél supremo llamado del Nazareno: “Ven, deja todo y sígueme”. Sus conversaciones coloquiales empezaban así: “Predico el evangelio en el África Central, en un escenario de muerte, tribulación y guerras étnicas”, aseguraba el poco convencional personaje, con un tono de voz amigable y solemne, que animaba a remontar la imaginación de todos. No omitió los momentos de infortunio; el diario lidiar con seres castigados por la vida, la exclusión y la separación étnica.

A pesar de eso, aquellas palabras duras y reales, impactaron profundamente al joven aspirante y le ayudaron a tomar una decisión: Se iría de misionero al continente africano. Mas el destino tenía otros planes para él. Dios no cierra una puerta sin abrir otra.  UN INTENTO DESESPERADO Sin embargo, no pasaron dos días para que fuera descabalgado abruptamente de su ilusión. El Guía Espiritual, Fray Luis Carrillo, luego de escucharlo con el ceño fruncido, sentenció en su despacho: “Tu futuro será una Diócesis en Cuenca, luego del Seminario Mayor”. Desmotivado (una vez más) vagaba por los pasillos de madera que crugían con cada paso, mientras abrazaba las gruesas columnas que enmarcaban un bello jardín interno y una pileta central.

En uno de los costados funcionaba la Biblioteca del colegio, en donde repasaba las hojas de textos de Historia, Geografía, Biología, vida de santos y novelas durante las horas de asueto, mientras sus compañeros jugaban en los patios y en las canchas múltiples. Su comportamiento esquivo no pasó inadvertido por sus superiores. Comenzaron a vigilarlo.

Les deconcertaba que aquél “sambito” tuviera la costumbre de besar la cruz TAU de madera, que colgaba de su cuello con un simple y burdo cordón. Con Salomón Ruales, su condiscípulo externo de sexto curso, compartían también el denominativo de “corresponsales estudiantiles” de Diario HOY, de Quito. Un periódico de gran impacto, pues era el poseedor de las mejores “plumas” (escritores-periodistas) del país, en aquél tiempo. Ambos enviaban notas escritas relacionadas con las actividades de su colegio, que previamente revisaba el profesor de Literatura. En realidad, allí empezó el conflicto vocacional para el muchacho. En mayo, la directiva del curso organizó una gira estudiantil a las instalaciones y a la rotativa de Diario HOY, situado en el sector de El Condado en la capital ecuatoriana. Las enormes letras del matutino, ubicadas en lo alto del portón de ingreso, lanzaron un premonitorio mensaje al joven aspirante: “algún día cruzaría por allí convertido en un periodista-reportero, con credencial y hechos informativos burbujeando en su mente”.

En efecto, así sucedió, solo cinco años después. Pero antes se precipitaron otros acontecimientos. Para empeorar las cosas. El grupo de aspirantes acudió al cine una tarde de domingo para mirar el estreno de la saga de películas: “Volver al Futuro”, protagonizada por el adolescente Michael J. Fox. Las risas bulliciosas de sus compañeros no le sacaban de sus cavilaciones profundas: la novia del infortunado Mcfly agitó una inquietud dormida, apasionante y extraña en su interior: el amor humano, el inquietante sentimiento hacia una mujer. Nunca había tenido novia, no por falta de candidatas, pero sí por culpa de su exagerada timidez. El amor idílico y romántico hasta las ágrimas lo había conocido solo a través de sus libros de cabecera: “María” del escritor colombiano Jorge Isaacs; “Marianela”, del español Benito Pérez Galdós; y de los ecuatorianos “A la Costa”, Luis Alfredo Martínez (ambateño); y la inolvidable “Para matar el gusano”, del quiteño Rafael Bustamante. Escritos que lo inspiraron a redactar un cuento corto: “Micael, el niño otavaleño que jugaba con las nubes”. Las bibliotecarías, por su parte, le tomaron cariño “al curita lector”. Un apodo que tuvo que ser modificado en poco tiempo cuando el aspirante escribió una poesía titulada: “El Agonizante del Gólgota”. Ese poema fue declamado en un acto solemne en el teatro del establecimiento, por un estudiante de cuarto curso, de apenas 14 años. Desde entonces le llamaban: “el poeta”.

Con esas tres aflicciones, el joven aspirante decidió acudir de rodillas por un consejo espiritual a la sombra del rostro femenino de Dios: la Virgen María. En las tardes, después de volver de clases, antes de cenar con frugalidad, pasaba por la capilla privada de los sacerdotes para meditar en soledad o en compañía de los fransciscanos que coincidían eventualmente con él. Un privilegio ganado a fuerza de perseverancia, humildad y limpieza a conciencia de los estantes de la biblioteca conventual. La dulce mirada de la Virgen de Fátima le daba consuelo. Poco a poco, empezó a sentir una cálida presencia a su lado. Todos estos matices extraños y un sueño en el que María, vestida de blanco, gritaba su nombre y le entregaba un símbolo en forma de Cruz TAU, le llevaron a prometerle a la imagen sagrada que continuaría sus rezos, solo que ahora serían a la media noche, con el sacrificio de horas robadas al sueño. Todo eso por una respuesta clara del cielo que le indicaría la senda a seguir.

LA RESPUESTA

Dicen que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos. Es verdad. El dormitorio del aspirantado era amplio, entablado y dispuesto con camas en hileras, baúles de madera para guardar la ropa indispensable y ventanas repartidas generosamente para que ingresara la luz natural a todas horas. El cuarto del Guía Espiritual estaba situado a un costado del acceso principal, justo entre el dormitorio, la capilla de los aspirantes, el aula de capacitación y la capilla del convento: el objetivo del joven religioso. ¿Cómo caminar sin despertar a alguien? Lo hacía con dudas, temores y determinaciones. En puntillas trasponía las tres puertas y los 60 metros hasta el oratorio. Después, fijaba la mirada en los dulcísimos ojos de la talla hasta el amanecer ¿Qué ocurría en esos momentos de contemplación? Luego regresaba sin tropiezos. Así pasaron tres noches hasta que un hecho fortuito desbordó las cosas ¿O no lo fue? A la cuarta noche, una voz a su espalda, casi en un susurro le preguntó: “¿A dónde vas? Dime o le diré al Hermano Luis”.

A partir de ese momento eran dos los que se escabullían; después fueron tres; luego cuatro, cinco, seis… Y tal vez se hubieran sumado todos los aspirantes, de no haber sido descubiertos por el Frayle que los cortó en seco y castigó a los responsables. Así fue cortada de acuajo esta aventura que quizá pudo conseguir que más jóvenes vistieran los hábitos sacerdotales y no solo cinco de 52 muchachos. Mientras limpiaba el comedor, sintió que algo se le apagó definitivamente por dentro.

Con la visita de su padre y de su padrino, el fin de semana, la decisión fue determinante: estudiaría en la Facultad de Comunicación Social (Facso) en la Universidad Central del Ecuador, en Quito. La verdad se lee en los ojos. El Frayle la descubrió y volvió a dictarle sentencia: “Ya sé que tu vocación sacerdotal murió…como un favor especial te permitiremos graduarte como bachiller”. Su graduación fue en soledad, con lágrimas de sentimientos contrapuestos y bajo la dulce mirada de la Virgen de Fátima. Quito y el mundo del periodismo le abrían las puertas de par en par…

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